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| Torreón, Coah. Septiembre 2023 |
La novedad en los medios, que la semana pasada arribó un contingente de entre 2,500 y 3,000 personas en su mayoría de origen venezolanos, con destino a Piedras Negras para cruzar hacia Eagle Pass, Texas. La información compartida localmente acerca de esto, generalmente va acompañada de alarma, en el tono o la manera de expresar la noticia, con sesgos entre líneas, que si sumas la interpretación de los receptores espectadores, inmediatamente van a acciones extremas.
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| Barda de Colonia Braulio Fernández Aguirre |
FERROMEX detuvo aquí en Torreón sus vehículos para no exponer a los migrantes dada la cantidad que viajaban montados sobre sus furgones de carga, además de tratarse no solo de adultos sino de grupos de familias que incluyen menores de edad desde escasos meses y que corren el riesgo de accidentes, como una prudente medida preventiva, no para bloquear su paso sino para no relacionarse con un posible accidente del cual se haría responsable.
La gente cuestiona, por qué vienen, por qué se quedan, por qué no se regresan a su lugar de origen, pero no se ponen en sus zapatos, no se detienen a imaginar lo que significa empacar la vida en una mochila, dejar atrás a la familia, el hogar, los recuerdos, y lanzarse a un viaje incierto donde cada kilómetro puede ser el último.
No vienen por ocio ni por capricho. Vienen huyendo del hambre que no da tregua, de la violencia que arranca hijos y sueños, de gobiernos que colapsaron y dejaron a su gente sin futuro. En Venezuela, por ejemplo, la hiperinflación y la escasez de medicinas convierten el día a día en una batalla perdida. En Centroamérica, las pandillas y el crimen organizado no dan opción: o te sumas o te matan, y muchas veces la única salida es el norte. Por eso no se regresan, porque regresar no es una opción; es volver a una muerte anunciada o a una vida sin dignidad.
¿Y por qué se quedan? La respuesta es sencilla: no se quedan. La Laguna es un punto de tránsito, no un destino. Su paso por Torreón es apenas una pausa forzada, un respiro en medio de un viaje de semanas o meses. Cuando el tren se detiene, ellos esperan, resisten el sol y el frío, se acomodan en las vías con lo poco que tienen, y al otro día siguen. No quieren quedarse aquí; quieren cruzar, llegar a un lugar donde puedan trabajar, sanar y reconstruir sus vidas.
Mientras transitan, son personas con nombre, con historia, con miedo y con esperanza. No son una amenaza. Son padres que cargan a sus hijos, madres que amamantan entre el ruido del metal, jóvenes que sueñan con un empleo digno. Y aunque la desconfianza y las pintas en los muros gritan lo contrario, la realidad es que su presencia nos confronta con nuestra propia humanidad: si nosotros, que tenemos casa y comida, reaccionamos con odio ante quienes no tienen nada, ¿qué dice eso de nosotros?
Más allá del alarmismo de los medios, hay otra historia. Hay voluntarios, iglesias y vecinos que llevan agua, comida y ropa. Hay médicos que atienden sin preguntar de dónde vienen. Hay quienes entienden que la migración no es un problema que se resuelve con muros, sino con empatía y políticas que ataquen las causas de raíz. La Laguna ha sido siempre tierra de paso, de gente trabajadora y solidaria. No permitamos que el miedo nuble esa herencia.
Porque al final, todos somos migrantes de algo: de una infancia, de un lugar, de un sueño. Y mientras ellos cruzan, nosotros tenemos la oportunidad de cruzar también la barrera del prejuicio. No se trata de abrir las puertas de par en par, sino de no cerrar el corazón. De verlos como son: seres humanos que, como nosotros, solo quieren un mañana mejor.

