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domingo, 12 de julio de 2026

Don Víctor, su campo de sueños y la cosecha de memorias.o

El campo de sueños
Hace más de una decada comencé a visitar Ciudad Juárez, Durango, aún hoy conocido como Villa Juárez, municipio de Lerdo. Cada otoño, en vísperas del Día de Muertos, me encontraba con los campos de flores y la cosecha de cempasúchil y mano de león que suelen venderse fuera de los panteones de la Región Lagunera, aunque ignoraba que se produjeran localmente. Fue esa curiosidad por saber más lo que me llevó a recorrer varios campos y a conocer a quienes los trabajaban, especialmente a don Víctor Esquivel García. Además de estimarlo, como a los demás, lo consideré un amigo cercano, pues así me recibió durante los años en que lo visitaba en su labor.

El campo de don Víctor no era el más extenso, pero sí el que más disfruté. Su ubicación le daba características singulares: era una especie de rincón aislado, aunque con el tiempo también se volvió concurrido. Tenía una casita de adobe junto a un árbol, lo que añadía un atractivo especial para quienes lo visitábamos con la intención de hacer imágenes. En este campo se sentía una tranquilidad y una bella energía, era simplemente mágico principalmente al atardecer.

Don Víctor Esquivel García en 2012
Quizá obtuve muchas fotos similares y recurrentes en cada ocasión, pero disfrutaba cada ocasión que pude hacerlo y para mí cada vez fue única e irrepetible, simplemente ese campo invitaba a capturar ese momento especial; visitar aquel campo se sentía como ir de vacaciones a casa del abuelo. No siempre coincidía con don Víctor por los horarios de mis visitas, pero era muy grato encontrarlo y platicar brevemente con él y con las personas que trabajaban a su lado. Fue en ese campo, el primero que conocí, donde me sentí acogido y familiarizado; y fue también el último en el que pude dedicar tiempo a hacer un recorrido completo con alumnas y alumnos de fotografía, cada fin de octubre. Incluso a la fecha me llegan solicitudes de que avise cuando vuelva a visitar esos campos o en otros casos me han solicitado que comparta la ubicación, no sabiendo que específicamente ese bello campo cedió su espacio a un fraccionamiento moderno.


Ocaso otoñal
Don Víctor, siempre amable, me recibía junto a mis alumnos y amablemente me autorizó a seguir visitando su campo incluso en su ausencia, confiado en que respetaría y cuidaría su producción. Con el tiempo, se familiarizó conmigo al grado de invitarme a la tradicional celebración del Santo Niño de Atocha y San Judas Tadeo que realizaba cada año, en noviembre, con toda su familia, después de los Días de Difuntos. La fiesta culminaba con una deliciosa reliquia que su generosa familia preparaba y compartía con la gente de su entorno. Para mí fue muy especial esa invitación, pues mostró el aprecio que don Víctor me llegó a tener. Aunque no intercambiábamos muchas palabras en mis visitas pues él era un poco reservado conmigo, a pesar de mi insistente curiosidad y preguntas para ampliar mi conocimiento, valoré profundamente los momentos de contemplación en su compañía frente a su majestuoso campo: el silencio de la tarde, el trinar de las aves, el fresco del atardecer, el olor de la vegetación y el radiante colorido del cempasúchil contrastando con la mano de león, y ocasionalmente con las margaritas que también se cosechaban allí en algunas temporadas.

Don Víctor acompañado de Talanga
Don Víctor se convirtió no solo en el protagonista de mis imágenes, sino en un gran amigo al que podía visitar y con quien compartir el silencio del campo mientras acompañaba la contemplación floral en el ocaso. Sin embargo, su campo sucumbió ante el desarrollo urbano y, después de varios años, su lugar fue ocupado por un fraccionamiento campestre. Aún así, Don Víctor siguió extendiendo su generosidad a través de invitaciones a su ferviente tradición del Santo Niño y San Juditas, que me hacía llegar por medio de sus nietas en redes sociales. Lamentablemente, la rutina y las circunstancias me alejaron en los últimos tres años, y ya no pude regresar con él. Supe por algunas personas de Ciudad Juárez que su salud se había deteriorado; el tiempo no perdona, y hace un par de días, por la misma red social, me enteré del fallecimiento de mi querido amigo don Víctor.


Hasta siempre Don Víctor
Su imagen no solo queda en mis fotografías y en mi imaginario; es quizá el referente más importante para mí que representa a quienes trabajan los campos de Ciudad Juárez, resistiendo el desarrollo urbano de la Región Lagunera. Ellos, cada año, se mantienen produciendo las flores que adornan los sepulcros de nuestros difuntos, junto con otras cosechas de calabacita, repollo, rábano, coliflor, maíz, sorgo y más variedades durante el resto del año. Don Víctor fue un incansable trabajador de la tierra, ferviente del Santo Niño de Atocha y San Judas, no se diga de su familia, incansable que no podía estar quieto, sin duda un ejemplo de figura paterna. 


Talanga
Aún hay en Ciudad Juárez varios campos de flores que visitar este año así como otras amistades que también logré  con el paso de los años durante mis recorridos por los demás bellos campos en que estuve registrando el proceso de la producción de cempasúchil, mano de león y demás flores para el Día de Muertos, más hoy ya hay otra ausencia que aflige. No sé Talanga aún exista o ronde en búsqueda de otro campo y otro amigo, más creo que como Talanga hoy me falta uno irreemplazable en otro lugar bello. Por ahora Don Víctor y su campo permanecerá hoy más que nunca en el imaginario de mis recuerdos favoritos del otoño y la víspera del Día de Muertos.