 |
| Clase de foto en Ibero |
Cuando estudiaba la licenciatura en Sistemas Computarizados e Informática en
la Universidad Iberoamericana, tuve más de una mala experiencia con
algunos de mis profesores. No solo por su forma de enseñar y ni se diga de sus criterios de calificar, sino por aquellos que juzgaban y jugaban con la psicología y se
jactaban de ser "los filtros de la carrera". Desde entonces juré:
nunca
sería profesor, jamás me dedicaría a la docencia.
Pero la vida da vueltas. Durante algunos semestres y principalmente previo a egresar, conocí también a profesores que impartían sus
materias con una pasión que contagiaba. Asistir a sus clases era un
placer, e incluso hice amistad con algunos. Fue entonces cuando empecé a
comprender que aquellas actitudes temibles que había enfrentado no
nacían de la maldad, sino de la formación que ellos mismos habían
recibido. Eran, simplemente, el reflejo de lo que les enseñaron.
Al
egresar, me enfrenté a la realidad de muchos recién titulados: falta de
experiencia y, por si fuera poco, salarios bajos. Fue entonces cuando
uno de esos maestros que me inspiraban, con quien había hecho amistad,
me invitó a impartir una clase en la universidad donde él trabajaba, la Universidad Autónoma del Noreste.
Necesitaba el ingreso extra, así que acepté. Me presenté, hice la
prueba… y el resto es historia.
Las
primeras clases fueron un manojo de nervios. Pronto descubrí que la
docencia era mucho más compleja que exponer un tema: había que mantener
el interés de los alumnos, motivarlos, tener paciencia y, sobre todo,
tolerancia al error, empezando por el propio. Poco a poco fui
habituándome. Me invitaron a impartir más materias, recibí
capacitaciones pedagógicas junto con otros docentes y, sin darme cuenta, empecé a
sentirme como pez en el agua.
Entendí
entonces que la docencia no era sencilla. Era, ante todo, una gran
responsabilidad. Si no te gustaba, era fácil caer en el patrón de
aquellos maestros que había aborrecido. Pero si disfrutabas lo que
enseñabas, podías adoptar la actitud contraria: motivar, inspirar.
Me
mantuve varios años en esa universidad (UANE), la misma donde había cursado la
preparatoria, hasta que el trabajo en una empresa financiera me
absorbió por completo. Sin embargo, en cuanto pude, acepté una nueva
invitación y regresé a las aulas.
Fue
en esos años, mientras cursaba una materia de la maestría en la misma
universidad donde había estudiado la licenciatura (Ibero), que algo inesperado
ocurrió: la fotografía cruzó mi camino. Me entusiasmó de tal manera que,
en mis tiempos libres, me escapaba a la biblioteca a buscar
bibliografía especializada. La biblioteca tenía un fondo magnífico de
arte y técnica fotográfica, y así, de forma autodidacta, empecé a
formarme en este nuevo mundo.
Para
2004, tomé una decisión importante: gradualmente, comenzaría a dejar
atrás los sistemas para dedicarme a la fotografía. Dos años después, ese
camino me llevó a conocer a dos artistas con quienes trabé amistad. Al
año siguiente, ellos me animaron e invitaron a formar parte de un
proyecto que promovía la creación artística: la Casa del Artista Ana Mary Bringas de Martín. Fue
ahí donde mi forma de apreciar la fotografía cambió para siempre.
En
la Casa del Artista, surgió la oportunidad de impartir talleres en las
disciplinas que los creadores desarrollaban. Fui de los primeros en
animarme a ofrecer un taller de fotografía en aquella sede. Al año de
haber comenzado, recibí una invitación que me llenó de entusiasmo:
impartir clases de fotografía en la carrera de Diseño Gráfico de mi alma
mater, la Ibero de donde había egresado. Para mí fue un intercambio
valiosísimo: mi conocimiento dialogaba con el de los aprendices de
diseño. De nuevo, recibí capacitaciones pedagógicas junto con otros docentes, y
durante varios años me dediqué a la enseñanza haciendo lo que más me
gustaba.
Recuerdo con
especial claridad una de esas capacitaciones, esta vez sobre vida
ignaciana. En ella coincidí con algunos profesores veteranos a quienes
había temido en mis años de licenciatura. Ellos no me recordaban, pero
yo a ellos sí. Durante una sesión en la que se insistía en la
importancia de un trato digno y tolerante hacia los alumnos, ellos
manifestaban su resistencia a ese cambio: defendían el patrón de ser
enérgicos e intolerantes. Fue entonces cuando comprendí que esa era su
naturaleza, y que no se podía exigir lo que no podían dar.
La
docencia siguió abriéndome puertas: talleres de difusión cultural, un
diplomado de fotografía que más adelante coordiné, clases en la
licenciatura… hasta que llegó la pandemia y cambió las reglas del juego.
Paralelamente, durante los años en la Casa del Artista continué con mis talleres. En 2015, al
independizarme, encontré un proyecto que me apasionó profundamente: el
Colectivo Comunitario de Fotografía, una iniciativa federal que dependía
de Culturas Populares e Indígenas. El reto era mayúsculo: enseñar a
niños y adolescentes a fotografiar. Aquello exigió una paciencia y una
tolerancia que no sabía que poseía, pero depositaron su confianza en mí y
pude llevarlo a cabo.
Esa
experiencia me condujo a otro proyecto, esta vez municipal, con un
estímulo tripartita. Aquí volví a trabajar con adultos, específicamente
con mamás de los alumnos del colectivo. Fue otro magnífico aprendizaje.
En
2018, con el cambio de sexenio, fui invitado a colaborar en una versión
actualizada del proyecto colectivo, ahora bajo el programa Cultura
Comunitaria de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México: los
Semilleros Creativos. Allí estuve casi cinco años, hasta que decidí
volver a la independencia, a ser freelance, como dicen ahora.
No
cabe duda: es difícil decir "de esta agua no beberé". Y no me
arrepiento de haber bebido. La docencia me llevó por caminos que nunca
imaginé, me enseñó muchísimo y me transformó. Aquella aversión hacia
ciertos profesores se convirtió en el impulso para intentar ser el
maestro que a mí me hubiera gustado tener. Y me aferré a dos frases ignacianas de mi alma mater: En todo amar y servir y no formar a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.
Ayer,
entre los recuerdos de Facebook, apareció una imagen de 2007. Me
transportó a aquellos días en las clases de diseño, al juego en la
enseñanza, y sonreí. Cómo olvidarlo.