De esta agua no beberé… y terminé bebiendo
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| Clase de foto en Ibero |
Pero la vida da vueltas. Durante algunos semestres y principalmente previo a egresar, conocí también a profesores que impartían sus materias con una pasión que contagiaba. Asistir a sus clases era un placer, e incluso hice amistad con algunos. Fue entonces cuando empecé a comprender que aquellas actitudes temibles que había enfrentado no nacían de la maldad, sino de la formación que ellos mismos habían recibido. Eran, simplemente, el reflejo de lo que les enseñaron.
Al egresar, me enfrenté a la realidad de muchos recién titulados: falta de experiencia y, por si fuera poco, salarios bajos. Fue entonces cuando uno de esos maestros que me inspiraban, con quien había hecho amistad, me invitó a impartir una clase en la universidad donde él trabajaba, la Universidad Autónoma del Noreste. Necesitaba el ingreso extra, así que acepté. Me presenté, hice la prueba… y el resto es historia.
Las primeras clases fueron un manojo de nervios. Pronto descubrí que la docencia era mucho más compleja que exponer un tema: había que mantener el interés de los alumnos, motivarlos, tener paciencia y, sobre todo, tolerancia al error, empezando por el propio. Poco a poco fui habituándome. Me invitaron a impartir más materias, recibí capacitaciones pedagógicas junto con otros docentes y, sin darme cuenta, empecé a sentirme como pez en el agua.
Entendí entonces que la docencia no era sencilla. Era, ante todo, una gran responsabilidad. Si no te gustaba, era fácil caer en el patrón de aquellos maestros que había aborrecido. Pero si disfrutabas lo que enseñabas, podías adoptar la actitud contraria: motivar, inspirar.
Me mantuve varios años en esa universidad (UANE), la misma donde había cursado la preparatoria, hasta que el trabajo en una empresa financiera me absorbió por completo. Sin embargo, en cuanto pude, acepté una nueva invitación y regresé a las aulas.
Fue en esos años, mientras cursaba una materia de la maestría en la misma universidad donde había estudiado la licenciatura (Ibero), que algo inesperado ocurrió: la fotografía cruzó mi camino. Me entusiasmó de tal manera que, en mis tiempos libres, me escapaba a la biblioteca a buscar bibliografía especializada. La biblioteca tenía un fondo magnífico de arte y técnica fotográfica, y así, de forma autodidacta, empecé a formarme en este nuevo mundo.
Para 2004, tomé una decisión importante: gradualmente, comenzaría a dejar atrás los sistemas para dedicarme a la fotografía. Dos años después, ese camino me llevó a conocer a dos artistas con quienes trabé amistad. Al año siguiente, ellos me animaron e invitaron a formar parte de un proyecto que promovía la creación artística: la Casa del Artista Ana Mary Bringas de Martín. Fue ahí donde mi forma de apreciar la fotografía cambió para siempre.
En la Casa del Artista, surgió la oportunidad de impartir talleres en las disciplinas que los creadores desarrollaban. Fui de los primeros en animarme a ofrecer un taller de fotografía en aquella sede. Al año de haber comenzado, recibí una invitación que me llenó de entusiasmo: impartir clases de fotografía en la carrera de Diseño Gráfico de mi alma mater, la Ibero de donde había egresado. Para mí fue un intercambio valiosísimo: mi conocimiento dialogaba con el de los aprendices de diseño. De nuevo, recibí capacitaciones pedagógicas junto con otros docentes, y durante varios años me dediqué a la enseñanza haciendo lo que más me gustaba.
Recuerdo con especial claridad una de esas capacitaciones, esta vez sobre vida ignaciana. En ella coincidí con algunos profesores veteranos a quienes había temido en mis años de licenciatura. Ellos no me recordaban, pero yo a ellos sí. Durante una sesión en la que se insistía en la importancia de un trato digno y tolerante hacia los alumnos, ellos manifestaban su resistencia a ese cambio: defendían el patrón de ser enérgicos e intolerantes. Fue entonces cuando comprendí que esa era su naturaleza, y que no se podía exigir lo que no podían dar.
La docencia siguió abriéndome puertas: talleres de difusión cultural, un diplomado de fotografía que más adelante coordiné, clases en la licenciatura… hasta que llegó la pandemia y cambió las reglas del juego.
Paralelamente, durante los años en la Casa del Artista continué con mis talleres. En 2015, al independizarme, encontré un proyecto que me apasionó profundamente: el Colectivo Comunitario de Fotografía, una iniciativa federal que dependía de Culturas Populares e Indígenas. El reto era mayúsculo: enseñar a niños y adolescentes a fotografiar. Aquello exigió una paciencia y una tolerancia que no sabía que poseía, pero depositaron su confianza en mí y pude llevarlo a cabo.
Esa experiencia me condujo a otro proyecto, esta vez municipal, con un estímulo tripartita. Aquí volví a trabajar con adultos, específicamente con mamás de los alumnos del colectivo. Fue otro magnífico aprendizaje.
En 2018, con el cambio de sexenio, fui invitado a colaborar en una versión actualizada del proyecto colectivo, ahora bajo el programa Cultura Comunitaria de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México: los Semilleros Creativos. Allí estuve casi cinco años, hasta que decidí volver a la independencia, a ser freelance, como dicen ahora.
No cabe duda: es difícil decir "de esta agua no beberé". Y no me arrepiento de haber bebido. La docencia me llevó por caminos que nunca imaginé, me enseñó muchísimo y me transformó. Aquella aversión hacia ciertos profesores se convirtió en el impulso para intentar ser el maestro que a mí me hubiera gustado tener. Y me aferré a dos frases ignacianas de mi alma mater: En todo amar y servir y no formar a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.
Ayer, entre los recuerdos de Facebook, apareció una imagen de 2007. Me transportó a aquellos días en las clases de diseño, al juego en la enseñanza, y sonreí. Cómo olvidarlo.
